miércoles, 2 de abril de 2008

CAPÍTULO 5 : LA TICLA IIª Parte


Me contó una vez un niño, que cada vez que veía un atardecer se preguntaba dónde iba el sol, qué había allí tan lejos y qué pasaba en ese lugar y en ese momento. Me contó que cuando fuese mayor iría al lugar ese donde se esconde el sol a descubrir qué pasaba allí y para estar lejos de su colegio, que era lo que menos le gustaba del mundo.
Aquella tarde, mientras veía el atardecer desde mi hamaca, me acordé de la historia y del niño.Pensé que estaba en ese lugar con el que soñaba ese niño, o por lo menos yo me sentía allí. Así era el lugar que yo imaginaba cuando ese curioso niño me preguntaba. Ese lugar era La Ticla...


La Ticla es una pequeña aldea fundada en 1948 por don Gelasio, que es un anciano de ochentaiseis años que se pasa los días enbriagado, como él dice, y al que tuve la oportunidad de conocer, con la intención de charlar un rato sobre su tierra,a cambio de una cerveza. Me contó que cuando él llegó aquí hace sesenta años sólo había jungla e insectos, pero que había buenas tierras para el maiz y abundante agua.
Estuvo más de cinco años solo, limpiando selva para cultivar e intentando convencer a alguien para vivir en el valle, hasta que convenció a tres compadres para que sembrasen maiz y se trasladaran allí con él. Más tarde contruyeron el primer templo hecho de palos , hojas de palma y barro, y poco a poco comenzaron a venir más familias hasta convertir este paraje llamado La Ticla en la aldea que es hoy. Mientras hablaba con él, me sentía un privilegiado por estar escuchando la historia de un pueblo contada en primera persona por el hombre que lo fundó.
Curiosamente, La Ticla está situada sobre un antiguo asentamiento indígena, y prueba de ello son las curiosas piezas de barro cocido que encuentran sus habitantes cada vez que excavan el suelo al hacer reformas o contruir una nueva casa. Estas piezas de barro se llaman Malakates y estan muy cotizadas por los extranjeros porque, según don Gelasio, en la mezcla de barro previa a su cocción, los indígenas ponían polvo de oro.
Hoy siguen viviendo aquí únicamente indígenas y tienen sus propias normas en la comunidad por las cuales, nadie que no sea indígena del valle puede comprar una propiedad. Eso hace, o ha hecho que mantengan sus costumbres casi intactas e incluso su propia lengua, el Naua.
Don Gelasio también me contó que la comunidad había sido siempre como una familia y que este lugar era como un paraiso en el que tenían todo lo que necesitaban, la protección del valle, agua, tierras muy fértiles en las que podían cultivar cereales y frutas, animales y abundante pesca, que en un principio se limitaba a la laguna y que más tarde llegó al mar cuando conocieron la tarralla, que es una red circular de unos tres metros de diámetro que se lanza sobre las olas cuando llegan a la orilla atrapando toda clase de pescado.
En la laguna, que era cuatro o cinco veces más grande que hoy, la pesca era diferente, se subían a las ramas de los árboles que crecen en sus riberas, y en el agua cristalina elegían la pieza que iban a pescar según su tamaño y la gente que fuese a comer. Sencillamente esperaban que la pieza pasase bajo ellos para atravesarla con una lanza de madera.
Mientras me contaba cosas don Gelasio era fácil entender la forma de ser de esta gente, esa tranquilidad en las cosas y la ausencia de prisa o estrés.
"Un día llegó la carretera, antes no había. Tardábamos ocho días en ir y volver de Colima (que es la capital más cercana), y después vino la luz".
La carretera llegó hace tan sólo treinta años, que son los mismos que habían pasado desde la llegada de don Gelasio al valle, y la luz llego aún más tarde. Increible!!
Con la carretera empezaron a aparecer los primeros surfistas americanos y con ellos los primeros problemas. Esta nueva carretera atravesaba, por la costa, varios estados que eran muy pobres y que habían estado prácticamente aislados, Colima, Michoacan, guerrero,.. Lo que convertía un viaje por esta carretera en una aventura bastante peligrosa, era la época de los asesinatos y las violaciones en la México 200. Y aunque la delincuencia ha descendido considerablemente en los últimos quince años, sigue habiendo asaltos a turistas imprudentes o despistados, principalmente de noche. La Ticla no se escapa de las historias macabras de la México 200, han muerto varios americanos a tiros aquí mismo en la playa. Todos recuerdan el episodio con tristeza.
Hoy los ticleños viven de sus fértiles huertas y de los surfistas, que hasta ahora mismo han sido muy pocos pero que cada año van aumentando para alegria de la gente de aquí, que está empezando a contruir más palapas en la playa y quiere dotar al pueblo de más serviciós para los turistas. Junto a la carretera hay un cartel puesto por la comunidad, que reza "Playa La Ticla, paraiso del surfing, bienvenidos los turistas". En la tienda del pueblo, junto a las cebollas, la leche o los "medicamentos similares" hay trajes de neopreno, pastillas de parafina o algún leash para las tablas.
Puede parecer que la ticla está condenada al turismo masivo pero la gente de aquí tiene muy claro cual es su cultura y cuales son sus raices, y procura integrar el turismo dentro de su forma de vida sin perder sus costumbres. Todos los jóvenes del pueblo surfean con un nivel general considerable, algunos son muy buenos, y además conocen y practican todas sus tradiciones. Es impresionante ver cómo se desenvuelven en el medio que les rodea, ya sea el mar, las huertas o la mismísima jungla.
Había pasado más de un mes desde que llegué y ya conocia practicamente a todos los personajes, en el mejor sentido de la palabra, de esta historia, de la que yo formaba parte también. Muchos vecinos me reconocían y me saludaban al pasar, e incluso algunos empezaron a llamarme por mi nombre. La primera fue la señora de la tienda cuando me dijo ¿ qué vas a querer Manolo?.
Ya se habían marchado casi todos los surfistas que estaban aquí cuando llegué exceptuando a los locales y a unos cuantos que pasaban largas temporadas y con los que empezaba a tener confianza, y eran precisamente esa confianza y lo onírico del lugar las causas de que no fuese tan fácil irse de aquí, de que no quisiera irme de aquí. A veces tenía la impresión de no haber cumplido mis propósitos respecto al viaje, de haberme embriagado de este lugar y de estar atrapado en un pequeño punto de la costa de México. Llegué incluso a pensar que estaba fallando a mi familia y a los amigos que estaban siguiendo mi viaje a través del blog, por no poder contarles cómo es el sur de México, la selva de Chiapas o el caribe. Pero cada vez que pasaba eso enseguida pasaba algo que me hacía olvidarme de todo y pensar en lo increible y particular que es este sitio y en las cosas que me quedaban por hacer aquí.
Vivía en la playa,en una tienda de campaña bajo una palapa, como ya sabeis, y llevaba una vida bastante fácil. Me levantaba todos los días antes de que saliese el sol, con la revolución de los gallos, que cada mañana estremecía el valle, y lo primero que hacía era caminar unos treinta pasos hasta la orilla de la playa para ver el mar de cerca y poder distinguir su cara, que cada día amanecía de una forma. Unos días limpio y ordenado con olas perfectas y otros días sucio, desordenado y con olas enormes que parecen gigantes con la boca abierta dispuestos a tragarte.
Me sentaba en unas sillas de plástico bajo una palapa que está casi en la orilla y me quedaba allí, mirando el mar, hasta que saliese el sol. Después me preparaba un café en la cocina de Amalia, que es la dueña de la palapa donde vivo y que nos dejaba a sus inquilinos que anduviésemos por su cocina, y me iba otra vez al mismo sitio a seguir viendo las olas romper mientras iban llegando, poco a poco, algunos de los colegas que tengo aquí. Era como un ritual,todos los días y a la misma hora estábamos prácticamente los mismos viendo las olas y esperando que uno arrancase a decir "me voy a surfear" para que los demás nos levantásemos y fuésemos corriendo a por la tabla y la lycra. Surfeábamos indistintamente la derecha que rompia frente a la palapa o la izuierda al otro lado del rio, la cuestión era surfear, todo el día, todos los días. Si las olas eran buenas sólo salíamos del agua para comer algo, recuperar fuerzas y otra vez a surfear. Así pasábamos los días, las semanas y los meses. Mis colegas de más confianza eran tres españoles, de los cuales dos, llevaban aquí tanto tiempo que eran como locales. Sus nombres eran Andrés, de Cantabria y Rafael del País Vasco,el tercero se llamaba Javier, era asturiano afincado en Bilbao y llevaba algo menos de tiempo que yo.
Hacíamos todos los días lo mismo pero nunca había dos días iguales, todo cambiaba,la luz, el color del mar, el menú de viki's, las olas,... incluso los animales, que se iban turnando cada día para regalarnos un instante de su presencia. Tortugas, delfines, peces globo, una ballena, peces voladores, mantas raya, y algunos peces enormes que te pasaban por debajo de la tabla mientras surfeabas y que sólo lograbas ver una mancha oscura. También hay tiburones pero no queríamos ver ninguno. Sabíamos que los había porque hacía un mes, los locales (surfistas nacidos en La Ticla), pusieron el trasmayo y sacaron tres.
El trasmayo es una red de unos cien metros de largo por dos de ancho que se saca desde la playa, normalmente en barca pero aquí se saca a nado, y que se deja fondeada un día o dos atrapando todo o casi todo lo que pase por allí. Antes de recogerlo se comprueba si tiene pesca suficiente, y si la tiene, se entra en el agua con sacos, y con las manos, y con ayuda de unas gafas de bucear, se van sacando las piezas y se van metiendo en los sacos. Después se sacan los sacos y se vuelve a por el trasmayo que hay que volver a llevarlo a la playa a nado. La ultima vez que se sacó el trasmayo lo sacamos entre cuatro y lo recogimos entre cinco y con prisas porque un temporal se lo iba a llevar o lo iba a destrozar. Le comenté a Victor, que es uno de los surfistas locales y que controla bastante todo lo relacionado con el mar, que me gustaría mucho ver como sacan el trasmayo y el me contestó ¿eres capaz de nadar dos horas seguidas entre las olas?. Me lo pensé un momento pero le dije que sí, que claro que era capaz. Bueno pues yo te aviso y lo sacamos. Mi intención era ver como sacaban ellos el trasmayo y recordar mi más tierna infancia cuando veía a los pescadores locales de Estepona(Málaga) sacar lo que yo creo que era un trasmayo. Pero cuando me preguntó que si era capaz de nadar tanto tiempo entendí rápidamente que el trasmayo lo iba a sacar yo también.Fue una experiencia espectacular y una terapia de choque perfecta para todo aquel que tenga miedo al mar, estar más de dos horas en el agua, tirando de una red de la que te puedes quedar enganchado y pasando por debajo olas de dos metros cada vez que venía la serie. Que subidón de adrenalina.
No salió mucha pesca porque lo tuvimos que sacar por temor a perderlo con las olas que se iban a poner más grandes todavía, pero sacamos cuatro pescados parecidos a la dorada, de entre tres y cuatro kilos cada uno, y dos langostas. Mientras Victor los limpiaba otro local hizo un fuego y otro fue a por tortillas de maiz y limón. En una hora estábamos comiendo todo lo que habiamos agarrado menos un pescado de tres kilos que vendió Víctor a un restaurante.Todo delicioso.
Durante el día, mientras surfeábamos, comíamos cosas ligeras como pescadillas, que son empanadillas de pescado picantes, plátanos, cocos o algún sandwich de cualquier cosa como tomate, cebolla, aguacate,... Lo que fuese pero con queso.
Íbamos aguantando el hambre hasta la cena, que era el momento estrella del día. La oferta culinaria no era muy extensa. Teníamos tres puestos de tacos , viki's, que es un restaurante que solamente abre por la noche y que cada día ofrece un plato especial a modo de menú, y las hamburguesas de camarón y de carne de Amalia. Algunos días cocinábamos en la cabaña de Rafa (el vasco) y Javi (el asturiano) pasta o algún arroz con verduras que preparaba Javi, o comprábamos pescado y lo preparábamos a la brasa. Despues de cenar casi nunca hacíamos algo, sobre todo si había sido un buen día de olas. Como mucho nos tomábamos una cervecita en casa y a dormir. O te la tomabas en tu casa o en la calle o en la playa, porque bares aquí no hay.
Había días que intentábamos hacer una fiesta, y siempre empezaban muy bien, el fuego, la guitarrita (que por cierto no estoy tocando mucho),las cervezas, el tequila y mucha gente, pero después de una hora de fiesta estábamos todos muertos de sueño y deseando acostarnos para surfear al día siguiente.
Así pasaban los días, surfear, comer y descansar en la hamaca, que se había convertido en algo parecido al sofá de mi casa, indispensable. A veces hacíamos excursiones en coche para conocer alguna ola nueva de la zona, o para ir a Tecomán (ciudad más cercana) a sacar dinero cada tres semanas mas o menos. Otro tipo de excursión era ponerse a caminar por la playa buscando olas no surfeadas en los kilómetros y kilómetros de playas auténticamente vírgenes llenas de maderas esculpidas por el mar y nidos de tortuga. Justo en esa época empezaban a llegar a las playas a poner sus huevos.
La última excursión que hicimos fue para buscar una ola que nos habían dicho que rompía bastante lejos de La Ticla. Nos acompañó Víctor, el local del trasmayo porque íbamos a pasar por un sitio donde había iguanas muy grandes y quería ver si agarraba alguna. Nunca pudo ser más bienvenida una compañía. Cuando llevábamos una hora andando por el sol nos preguntó que si teníamos sed. Estábamos fritos!!. Entonces, se acercó a unas cañas, las partió y las peló, nos dió un trozo a cada uno y nos dijo, "muérdanla". Era agua!!, a cada bocado que dabas a la caña salia un agua dulce y deliciosa. Nos quedamos boquiabiertos.
Un rato después vino con una papaya que nos comimos mientras caminábamos por la playa. De repente, se agachó y cogió una piedra del tamaño de una pelota de tenis mientras decía "pinche iguana, allí está", y con un rapidísimo movimiento lanzo la piedra a unos cincuenta metros más o menos. Una locura!!, yo no habría llegado ni a la mitad. Uyyyy, la piedra pasó a dos centímetros de la iguana pero nos volvió a dejar boquiabiertos. Cuando llegamos a la playa que buscábamos habíamos andado varias horas y volvíamos a tener hambre y sed.
Encontramos una palapa abandonada en la playa y nos metimos allí para protegernos del sol, todos menos victor que se adentro otra vez en el campo a ver qué encontraba y que apareció a los diez minutos con una fruta de unos dos kilos de peso que se llama guayabama y que incluso aquí es rara. Es una pulpa blanca con mucho jugo y muy dulce, y el sabor era similar al de los caramelos de cabalgata. Azucar y fruta indeterminada. Después de la guayabama se subió a una palmera y bajó cuatro cocos verdes llenos de agua. Yo había pensado en los cocos porque es muy normal, entre tanto cocotero, agarrar un machete y abrirte un coco, pero no teníamos machete y habia descartado la opción del coco hacia rato. No me dio tiempo a preguntarle cómo iba a abrir los cocos cuando sacó un palo afilado que había cogido de la misma palmera y con tres golpes le hizo un agujero por el que empezo a correr un caño de riquísima agua de coco. Nos enseño cómo se hacía y cada uno se abrió el suyo con mayor o menor dificultad. Ese día regresamos a casa destrozados pero emocionados como niños, de todas las cosas que habíamos visto y aprendido.
Cosas como esas hacian que me sintiera en un sitio especial, tan primitivo y tan increible a la vez, tan real maravilloso, como diría García Márquez. El clima, la gente, las olas, la tranquilidad,....
El sol ya se había puesto y aún seguía en mi hamaca pensando en el niño de la historia y en las cosas de este lugar que me atraparon sin querer, cosas como la excursión con victor, el encuentro con las tortugas, la entrevista con don Gelasio, los amaneceres, la laguna, los árboles, el océano pacífico, los pelícanos pescando a tu lado mientras surfeas,el río, el agua de coco,las gallinas por las calles, los tacos en la plaza, las cervecitas mirando el mar, las mexicanas, las pescadillas, el trasmayo y los peces,los perros quijotescos, el sonido del mar, los atardeceres, los mangos, las hogueras en la playa, .....


Pensaba que estaba en ese lugar con el que soñaba ese niño o por lo menos yo me sentía allí. Así era el lugar que yo imaginaba cuando ese curioso niño me preguntaba. Ese lugar era La Ticla...
...y ese niño era yo.



Muchos besos a tod@s y perdonad que no haya escrito antes.
Os quiere
Manolo

lunes, 3 de marzo de 2008

CAPÍTULO 4 : LA TICLA Iª Parte


Mientras dejábamos Sayulita en el viejo microbús que días antes me dio la vida, me sentí un poco cansado. LLevaba casi dos semanas en México y aún no había encontrado mi sitio, no terminaba de acomodarme.Quería encontrar lo que estaba buscando pero todavía no sabía lo que era.
Me dirigía hacia el sur , otra vez por la México 200, con todas mis esperanzas puestas en una pequeña localidad llamada Cuyutlán. Había leido en una guía para surfistas que era un sitio pequeño y que había buenas olas, así que decidí, sobre la marcha, que sería mi próximo destino. Antes tendría que pasar por ocho horas más de autobús y una noche en Manzanillo, que es una ciudad pequeña con una intensa actividad industrial en torno a un gran puerto, y poco más que yo pueda contar, ya que llegué a última hora de la tarde, me acosté después de cenar y me marché por la mañana temprano. Desde allí tomé un autobús, un poquito más viejo que el anterior, hacia Armeria y desde allí otro aún más viejo hasta Cuyutlán. Este último era tan viejo como su conductor, al que todos los pasajeros saludaban con un respetuoso " Hola José " al subirse en él.
Al bajarme del autobús supe enseguida que tampoco era ese mi sitio. Era un pequeñísimo pueblo en el que no había apenas nadie pero que tenía varios hoteles en la playa con infraestructura suficiente para albergar algunos cientos de turistas. Lo deduje, depues de soltar mis cosas en uno de los hoteles y bajar a la playa, al encontrarme unas mil hamacas como las de Fuengirola pero mucho más juntas. !!Terrorífico¡¡. Estaban todas vacias, no era la temporada alta todavia y aquello parecía un pueblo fantasma.
Pregunté al socorrista de la playa por los surfistas y me dijo que sólo venían los fines de semana, que había un chico que tenía un taller de tablas y que vivía allí cerca, y que me podía dar más información. Muchas gracias le dije y me fui a buscar la casa de Javier, que así me dijo que se llamaba.
Cien metros más adelante me encontré con un chico que resultó ser él, y que con mucha simpatía respondió a todas mis preguntas, entre ellas, si tenía tablas de segunda mano para vender. Me dijo que tenía varias y que si quería, que las probase.
Me enseño varias tablas y me gustó una, que inmediatamente fuimos a probar. Las olas eran enormes muros de agua que rompian súbitamente contra la arena de la orilla, no muy apropiadas para probar una tabla ya que era fácil que se partiese si me cogía una. Pero sus ganas de vender y las mias de tener una tabla que me gustase hicieron el resto. Afortunadamente no me cogió ninguna.
Después de surfear fuimos a su casa a cerrar el trato y a degustar unas deliciosas tortas con verdura, carne y queso llamadas Sopes, que nos preparó su esposa mientras charlábamos sobre olas y lugares. Le conté que no pensaba quedarme allí, que no era mi sitio. Él me preguntó qué era lo que estaba buscando, le contesté que no sabía muy bien qué era lo que buscaba. Tenía claro que quería surfear, estar tranquilo y no pagar mucho dinero, pero que andaba un poco perdido.!! Ese lugar que tú buscas se llama La Ticla !!,me contestó de forma rotunda.Allí vas a encontrar lo que buscas.
Me fui al hotel con mi tabla nueva y pensando en ese lugar tan especial del que Javier no me contó apenas nada, simplemente me dijo al despedirse de mí " te va a gustar La Ticla".
A la mañana siguiente cogí mis cosas y me fui a la parada de autobús a esperar a que José viniera con su viejo microbús y me llevase de vuelta a Armería, donde tendría que tomar un par de autobuses más hasta La Ticla.
El primero de ellos me llevó en apenas una hora hasta la destartalada estación de autobuses de Tecomán, que es el pueblo más grande de la zona y allí fue donde me encontré al personaje que me iba a llevar a La Ticla.
Era el conductor del autobús, un elemento. Nada más hablar conmigo y percatarse de que era español me pregunto que si tenía algún euro para regalarle, le dije que sólo tenía algún billete y enseguida me dijo que me compraba uno ofreciéndome cien pesos (7 euros) por un billete de diez euros. Después de eso le pregunté que si me daba tiempo a fumar un cigarro antes de salir. Cómo no!!, me contestó. Justo cuando enciendo el cigarro me dice
- venga que nos vamos, móntate
- pero... ¿no me ha dicho usted que me daba tiempo?
- ohhh sí, sí, sí, súbete y te lo fumas arriba que no pasa nada
El trayecto fue de lo más entretenido, primero estuvo como una hora sin pasar de treinta mientras contaba la racaudación, después ordenó los tikets en un montoncito despues de sacarlos de su bolsillo hechos una bola y luego llamó por teléfono un par de veces sin ningún tipo de cargo de conciencia y por supuesto, no paró de hacerme preguntas sobre España, que yo contestaba casi con monosílabos para no distraerlo más de lo que ya estaba. Cada cosa que iba a hacer me lo decía como si yo quisiese saberlo. Me decía... voy a llamar por teléfono...., voy a poner música..., voy a parar aquí.., me lo iba diciendo todo, era bastante divertido además de tener una cara de buena gente que no podía con ella. LLegó incluso a pedirme que le hiciese una foto mientras posaba conduciendo.
Cuando terminó de hacer todas sus cosas empezó a correr, supongo que por todo el tiempo que había perdido y me asusté bastante teniendo en cuenta que la carretera es como la de trassierra más o menos pero durante horas.
LLegaba mi parada pero ni yo ni el chofer sabíamos cual era, nos enteramos porque una chica indígena que había oido toda la conversación me dijo "tienes que bajarte aquí, esto es La Ticla. Y sin apenas tiempo de decirle adiós a mi amigo cogí mis cosas y me bajé.
Otra vez estaba en el arcén de la México 2oo junto a un carril hecho de piedras y cemento, y una acequia, que descendían juntos por un pequeño valle hasta perderse en una frondosa arboleda. Aqella imagen me gustó, sobre todo la acequia. Me recordó a Andalucía.....
Antes de irme la chica me dijo que tenía que seguir el camino hacia abajo, hasta la playa, que no me perdería. Le di las gracias y comencé a caminar hacia la arboleda.
El aire olía a tierra mojada y a cocina de leña, y el agua y algunos pájaros exóticos ponían la banda sonora a este increible lugar. Me gustaba lo que estaba viendo y sintiendo. Empecé a encontrarme pequeñas casa aisladas con sus huertas recién regadas y los animales sueltos a su libre albedrío.
Cuando iba bajando por el valle entusiasmado, tras una curva del carril, se abrió la selva y pude ver un río , que lentamente llegaba hasta una laguna de agua cristalina, rodeada de cocoteros y otros árboles frutales, separada del mar por una lengua de arena. Que sitio más guapo!!, pensé.
Seguí andando y empecé a ver algunas cosas más, niños en bicicleta y otros descalzos corriendo detrás, una tienda de comestibles, un coche antiguo,... Un poco más adelante estaba la plaza del pueblo, con sus calles de tierra y una iglesia en construcción, y justo en frente de la iglesia, la escuela.
Empezaron a aparecer surfistas, todos extranjeros y supuse que habría buenas olas aquí. Estaba nervioso por llegar y relajarme un poco. Seguí bajando y llegué hasta la playa, donde me encontré unas cuantas palapas y debajo de ellas algunas tiendas de campaña. Como no tenía tienda me alojé en una habitación con una cama en una enorme palapa un poco mas lujosa, por lo menos hasta que pudiese averiguar algo más económico.

Las palapas son estructuras construidas sobre la arena, hechas con palos atados, y cubiertas con hojas de palmera, y su función, básicamente, es proteger del sol y de la humedad de la noche. Hay varias clases de palapas, desde la más básica, que es la que he explicado, hasta grandes palapas que son casas con sus habitaciones y demás estancias, pero que aquí no hay muchas de esas. Creo que una.
Dentro de la palapa, sobre la arena, montas tu tienda o metes la furgona, si la traes, y de los palos, que están firmemente sujetos a la arena, se cuelgan las hamacas, donde mucha gente prefiere dormir por las noches, o simplemente estar todo el días tumbado en ellas, como últimamente vengo haciendo.

Solté mis cosas en la habitación y me fui a dar una vuelta para observar todo cuanto pudiese. Estuve el resto de la tarde alucinando con el lugar, estaba guapísimo!! Me encontré, por cierto, a unos americanos que conocí unos días antes en Sayulita, entre ellos a Jeremy que era el chico que compro mi tabla y que es bastante enrollao. Más tarde, fuimos todos a cenar y me pusieron un poco al día de cómo funcionaba aquello, es decir, cómo se vivía en La Ticla.
A la mañana siguiente fui a hablar con Amalia que es indígena del lugar y la jefa de la palapa más autentica, y en quince minutos lo tenía todo solucionado. Ella me prestaba una tienda de campaña, que resultó la más grande y más guapa de la playa, y me alquilaba por tres euros al dia un trozo de palapa, que era como mi pequeña parcela. Un rato después tenía mi campamento montado, mi tienda, mi hamaca, y una mesa y dos sillas de plastico que le daba su punto de hogar. Todo estaba perfecto.
Me fui a surfear con mi tabla nueva, a la que me costó adaptarme, y entonces sí que aluciné, estaba en un sitio guapísimo, con gente interesante y surfeando unas olas buenísimas al solecito. En ese instante me acordé de muchas cosas y de muchas personas, con las que quise compartir ese momento.
Había llegado a La Ticla y tenía muchas razones para sonreir.

Besos a tod@s
Os quiere
Manolo.

martes, 19 de febrero de 2008

CAPÍTULO 3 : SAYULITA



Sonaron tres contundentes golpes en la puerta de mi habitación.Eran las 8:00 horas y los golpes los había dado una chica mexicana que conocí la noche anterior y que tenía que viajar a la misma hora que yo. Le pedí, por favor, que me avisase por temor a no despertarme con tiempo de coger el autobús de las 8:45 con destino Guadalajara, donde tendría que coger otro autobús dirección Puerto Vallarta y bajarme, unos cincuenta kilómetros antes de llegar, en un lugar llamado La Peñita para coger el tercer y último autobús que me llevaría a Sayulita, mi siguiente destino.
Atrás quedaron los dos días siguientes a mi "debut" artístico en Mexico, que no tuvieron nada de especial, y la encargada del restaurante, que no paró de buscarme en esos dos días e incluso me hizo llegar su número de teléfono para que la llamase y tomarnos algo.No era su momento.
Obviamente, ante tal insistencia, no volví a aparecer por el restaurante y me dediqué a tocar y a descansar en el patio del hostel, donde había un ambiente bastante agradable y gente con la que conversar.
A las 8:30 horas llegaba en taxi a la estación de autobuses con el tiempo suficiente de sacar mi billete y tomarme un zumo de naranja que resultó insuficiente para más de cinco horas de autobús.Al llegar a Guadalajara, y antes de tomar el siguiente autobús, comí un filete empanado con arroz y verduras en, aproximadamente, ocho o diez minutos para otras cinco o seis agotadoras horas en otro autobús por carreteras de todo tipo.
El paisaje comenzaba a cambiar y con ello mi ánimo.Pasamos de grandes llanuras semidesérticas a grandes llanuras semidesérticas con algunas plantaciones de Agave, que son como Pitas pero un poco más pequeñas y las responsables de todas las borracheras de tequila en el mundo. Atravesábamos la zona tequilera por excelencia de México,Jalisco.
Después de varias horas viendo pitas ( porque yo lo que veía eran pitas ) y tras unas pequeñas montañas boscosas volvía a cambiar el paisaje dando paso a unas fértiles llanuras de maiz y árboles de aguacate. Nos acercábamos al Océano Pacífico y parecía que estuviésemos en otro país.
Empezaba a oscurecer pero aún tuve tiempo de ver cómo volvía a cambiar el paisaje según perdíamos altura para pasar esta vez de fértiles llanuras a una accidentada costa tupida de selva tropical. Mis diez horas de autobús y mi agotamiento no pudieron evitar que a un chaval de campiña andaluza como yo, le emocionase la idea de llegar al Océano Pacífico. No era la primera vez , unos años antes estuve en el Pacífico Sur, en Chile, pero aquello ni era Pacífico ni nada, allí hacía tanto frio que mi disco duro no archivó la experiencia como costa del Pacífico sino como frio antártico por lo menos.
Tras once horas de autobús llegábamos a La Peñita, que era una pequeña población en torno a la carretera que servía como punto de enlace con otros autobuses que hacían trayectos entre pequeñas localidades de la costa. Ya era de noche y estaba realmente agotado, y aún me quedaba una larguísima hora más de trayecto para llegar a Sayulita, que era una localidad costera de la que sabía más bien poco. Solamente que era muy cara pero que había buenas olas para tomar contacto con este océano.
- !!SAYULITA,SAYULITA!! próxima parada, Sayulita. Gritó el conductor del obsoleto autobus mientras me miraba por el espejo retrovisor y me hacía señales con la mano.
- ¿Dónde? pensé.
- SAYULITA!! insistió.
No lograba entender qué quería decir, estábamos en mitad de una carretera en la selva completamente oscura y sin luces que pudieran indicar que habíamos llegado. La gente del autobús, principalmente campesinos y lugareños, empezó a mirarme fijamente y entonces deduje que me tenía que bajar. Cogí mi guitarra y me acerqué al conductor para preguntarle.
Pero.... ¿!!Dónde está Sayulita!!?
- Te tienes que bajar aquí, me dijo
- ¿!!Dónde!!?, insistí mientras paraba el autobús en el arcen de la carretera.
- Perdoneme, le dije con mucha serenidad, pero ¿dónde está Sayulita? por favor.
- No más tienes que caminar.
- ¿cómo........?
Mientras se alejaba el autobús sentí cómo el agotamiento y la fatiga se transformaron ,en apenas dos minutos, en el más básico sentido de supervivencia. Estaba solo en la MEX 200, que es la carretera que bordea la costa durante unos cinco mil kilómetros mas o menos y que todas las guias de viaje advierten de su peligrosidad y de no circular de noche por su alto índice de criminalidad ( eso en coche ).
Ay omaita!! pensé. Agarre mi mochila y la guitarra y me puse a andar como si lo hiciese todos los días, como si fuese un lugareño que viene de vacaciones o algo así. Tenía que engañarme a mi mismo como fuese para no quedarme paralizado ( infeliz ). Pero esto cómo puede ser, pensé.
Unos cien metros más adelante descubrí un cruce de carretera y una pequeña señal con una flecha que indicaba SAYULITA, pero sólo había oscuridad y más carretera. Por un momento pensé en hacer auto-stop después de ver un par de camionetas tipo ranchera, pero cuando vi que sus ocupantes me miraban de forma extraña desistí de mi absurda idea. Paso ligero y no mires atrás Manolo.
Cinco minutos después sentí cómo un vehículo diminuia su marcha hasta parar justo a mi lado. Era un microbús del año setenta más o menos, despintado y con algunos cristales rotos y mientras abría sus puertas oí al conductor que decía.
- ¿A Sayulita?
- Sííííí.....
Aproximadamente un minuto más tarde y después de un par de curvas llegábamos a Sayulita.
Me bajé del autobús un poco desorientado, no sabía dónde ir ni qué dirección tomar. Solamente observaba que había turistas a mi alrededor y eso me tranquilizaba enormemente. Durante un par de minutos me quedé quieto y esperando una señal que me hiciese reaccionar de un modo u otro, pero como la señal no llegaba no dudé en abordar al primero que pasó.
- Perdona, ¿sabes dónde puedo encontrar un lugar barato para dormir esta noche?
- Bueno, tienes un camping a una cuadra(manzana) de aquí en aquella dirección, me contestó mientras señalaba con el dedo hacia el final de una calle.
Gracias tio!!, le contesté, y comencé a caminar. Insisto, estaba realmente cansado e incluso un poco violento fruto de la fatiga, el hambre y la incertidumbre.
LLegué al camping y entré buscando a alguien que pudiera darme algo de información.No había nadie, todo estaba oscuro y sólo algunas tiendas de campaña, y entre ellas una con dos compadres conversando a la luz de un par de velas incrustadas en botellas de cerveza.
- Perdonadme, ¿sabeis si hay alguien aquí que me de información sobre el camping?
- ¿Qué quieres saber?
- Pues si hay algún sitio barato donde pasar la noche.
- Claro wey, lo más barato es que montes tu tienda y duermas aquí.
- Lo que pasa es que no tengo tienda y estoy tan cansado que lo único que quiero es un sitio donde poder descansar.
- Pues aquí todos los lugares son caros menos esto que cobran cincuenta pesos (4 Euros) la noche, pero tienes que tener tu tienda.
Enseguida se dieron cuenta de lo agobiado que estaba y me invitaron a sentarme y beber un poco de cerveza para relajarme un poco. Yo acepté encantado.
Les conté que llevaba doce horas de autobús y que estaba harto de todo.
- Pues relájate wey y espera un momento y hablamos con Benson (el encargado) y te averiguamos algo.
Me senté con ellos en una especie de estera de caña y me dieron una ceveza mientras me preguntaban que de dónde venía. Eran dos chicos mexicanos que estaban haciendo la temporada y vivían en el camping. Siempre les agradeceré su hospitalidad y que supieran entender que venía tan cansado. Varios días despues me confesaron que mi tono de voz resultaba un poco violento pero que lo entendieron perfectamente.
Después de hablar con Benson conseguí que me alquilase una tienda para pasar, por lo menos, la primera noche. Luego ya vería.
Monté la tienda con ayuda de Martín, que así se llamaba uno de ellos y después de charlar un rato me acosté con mi fino saco de dormir sobre el suelo sin poner pega alguna y hasta que el cantar de decenas de pájaros me desperto sobre las ocho de la mañana del día siguiente.
Lo primero que hice al despertarme, y como siempre que duermo en la playa, es ir a ver el mar, las olas, que rompían en una enorme bahía partida en dos por una plataforma de rocas que hacía que se formaran una ola de derecha y otra de izquierda que rompían lentamente mientras unos pocos surferos se peleaban por cogerlas a ambos lados de la bahía.Sonreí de emoción.
Volví corriendo a mi tienda con la intención de coger dinero e ir a buscar una tabla de surf. Quería surfear!!
- Buenos días Manuel, me dijo Martín que se levantaba en ese momento, ¿hay buenas olas?
- Sí tio, las olas están guapas y voy a ver si averiguo una tabla.
Me dijo dónde podía conseguir una tabla de segunda mano y dónde podía desayunar por poco dinero y bien. Estuve dando vueltas todo el día hasta que encontré una tabla de segunda mano barata y que, más o menos, se adaptaba a mis exigencias. No era gran cosa pero me serviría. Esa misma tarde y bajo un calor sofocante, ponía cera a mi tabla y me metía en el agua meses después de la última vez que estuve surfeando.
Esa noche me acosté agotado pero bastante contento, era el cansancio de surfear y aunque no era muy cómodo el suelo del camping, pensé que no pasaría nada si me quedaba otro día más.
Pasaron tres días más en el camping, surfeando todas las mañanas y bebiendo cervecitas por las tardes en una hamaca entre dos palmeras con Martín y Fabián, que era el otro chico que conocí la primera noche.
Sayulita es un pueblo que dista mucho de lo que un día fue. Hoy es un centro turístico colonizado por norteamericanos y canadienses, y aunque no ha perdido su encanto de pueblo pequeño, la masiva afluencia de extranjeros ha hecho de Sayulita un pueblo de vacaciones para ricos, inundado por inmobiliarias y carteles en inglés,excesivamente caro e insostenible para largas temporadas.MIs días en Sayulita estaban contados.
Cuatro días más estuve Allí pagando unos doce euros por dormir en el suelo y sin, ni siquiera, agua caliente en los baños. Al quinto día entró viento del norte, que estropea las olas y decidí que era momento de cambiar de aires.
Allí quedarían unas cuantas buenas sesiones de surfing, alguna que otra risa entre cerveza y cerveza y poco más, ya que no quise hacer vida nocturna, que es, aparte del surfing, lo único que puede ofrecer este sitio.
Vendí mi tabla a un vecino americano del camping llamado Jeremy la noche del cuarto día y a la mañana siguiente recogía mis cosas y me iba en el mismo viejo microbús que días antes me pareció una bendición que llegaba desde el cielo.

Muchos besos a todos y gracias por vuestros comentarios que me dan la vida
Os quiere
Manolo

lunes, 11 de febrero de 2008

CAPÍTULO 2 : SAN MIGUEL DE ALLENDE


Al tercer día de mi estancia en México D.F recibía una llamada del aeropuerto comunicándome que mi mochila había aparecido y que pasarían a dármela en el transcurso del día. Mientras, fui a las ruinas de Teotihuacan, en las afueras de la ciudad, guiado por los hermanos Villar (compañeros bomberos de México) que se ofrecieron amablemente a llevarme y a pasar el día conmigo. Antes estuvimos en su casa, donde Eduardo, el más pequeño de cuatro hermanos bomberos, me presentó a su mujer, que nos preparó un fantástico desayuno, y a sus dos hijos, que con una exquisita educación se acercaron a saludarme un poco nerviosos.
Al rato nos dirigíamos hacia Teotihuacan, una ciudad prehispánica que estaba a una hora en coche del D.F (Distrito Federal) , donde pasaríamos la mañana viendo la espectacularidad arquitectónica de sus pirámides y del conjunto arqueológico en general... ( sin palabras ).
Después fuimos a comer a un pequeño pueblo alejado de cualquier circuito turístico donde comimos unos "tacos" como muestra de la gastronomía mexicana, a la que no termino de acostumbrarme. Más tarde me llevaron al hotel donde se suponía que tenía que haber llegado mi mochila pero que no fue así. Habían dejado otra mochila con una etiqueta en la que estaba mi nombre que me hizo enfadarme durante unos diez segundos, lo que tarde en darme cuenta de que no servía para nada enfadarme por algo así.
-No te preocupes Manolo, vamos a ver una estación de bomberos cercana que es la más moderna de latinoamérica.
Efectivamente llebaba razón Eduardo, parecía más un museo de arte moderno que una estación de bomberos.
Así pasamos la tarde hasta que nos despedimos, no sin antes agradecerles efusivamente su cordialidad, su hospitalidad y todo lo que habían hecho por mí. Gracias de nuevo compañeros.
Cuando llegó mi mochila al día siguiente por la tarde no me lo podía creer. La situación había agotado mi paciencia hasta el punto de hundirme en un infantil llanto cuando llamé a mis padres por primera vez para decirles que estaba bien pero que llevaba cuatro días sin mochila y sin nada, atrapado en el D.F. Necesitaba llorar un poco y expulsar el estrés acumulado, y nada mejor que una madre para ello. Gracias bonita!!

A primera hora del día siguiente tomé un taxi a la estación del norte y después un autobús destino San Miguel de Allende.



Tras cuatro horas de viaje por carreteras abarrotadas y paisajes que recordaban a una Andalucía en época estival, llegaba a San Miguel de Allende, que es un pueblo de arquitectura colonial, muy cosmopolita y plagado de extranjeros y artistas, situado en la falda de una montaña orientada al oeste, donde los espectaculares atardeceres reunen en sus calles y terrazas a toda clase de gente, predominando un turismo de cierto nivel económico procedente principalmente de Canadá y los Estados unidos. En definitiva, un pueblo tranquilo y precioso que recuerda a menudo a algunos pueblos señoriales andaluces.
Cuando llegaba el autobús pude percibir que éste era un sitio diferente, tranquilo y a la vez animado, que contrastaba con lo caótico de Mexico D.F.
Me alojé en un hostel de habitaciones compartidas que me hicieron recordar muchas cosas que había vivido diez años atrás en Londres, ruidos, ronquidos, charlas en la cocina comunitaria, el ir y venir de mochileros desorientados, etc..... Eran buenas vibraciones.
Después de registrarme y soltar mi mochila en la cama superior de una litera de hierro que no mediría más de 1,80 metros (más tarde confirmaría mis pareceres), cogí mi guitarra, que con la tensión de la situación en el D.F no había tocado en cinco días, y me fui a pasear con la intención de encontrar algún rincón que me inspirase para relajarme y tocar un poco. No tardé en llegar a una plaza con espectaculares edificios coloniales y numerosas terrazas abarrotadas de gente donde una algaravía de vendedores ambulantes ofrecen sus servicios de forma educada y sin molestar.
"A sus ordenes señor" se apresuró a preguntarme, diez segundos después de sentarme en una de las terrazas que quedaban al sol, un camarero como los de antes, con un traje blanco y todo un ritual de "permisos y porfavores"
- Una cerveza por favor
- Corona, Modelo, Indio, Pacífico, Victoria,....la que usted desee señor!
- Pues..... una pacífico
- Sí señor, con mucho gusto se la traigo ahorita mismo!

( Toma ya!! eficacia )

Estaba sentado tranquilamente al sol con mi cervecita fresquita y observando como a mí me gusta observar*, realmente era la primera vez que me relajaba de forma absoluta. Sonreía con plenitud. Un momento después me di cuenta de que en una de las mesas de la terraza había dos jóvenes sentados y mientras uno tocaba una guitarra española el otro le hacía señales con las manos , como indicándole qué acordes debía tocar. No me lo podía creer, no lo dudé ni un segundo y me acerqué a ellos y les pregunté.
-¿Puedo sentarme aquí para escucharos?
-Sí, cómo no
Me respondió el que no tocaba mientras el otro seguía tocando con cara de estar en Massachusetts, por lo menos. Fui corriendo a por mi cerveza y mi guitarra ante el asombro del camarero que no entendía qué pasaba.
Cuando volví a su mesa, el que tocaba volvió de su viaje y paró, y ambos se levantaron cortésmente para darme la bienvenida.
-Tienes una guitarra!!
-Si, (respondí)
-Que padre!!, podemos tocar juntos
-Bueno, estoy aprendiendo
-Ah, nosotros también, no te preocupes
Eran un chico mexicano y otro francés afincado aquí en San Miguel, profesor y alumno respectivamente.
Después de unos quince minutos tocando por rumbas, que curiosamente empezo el mexicano, se fueron a trabajar los dos, no sin antes invitarme a una tocata que iba a hacer en un restaurante llamado Arte-Vivo a las siete de la tarde
- Allí estaré sin falta

A la hora fijada me presenté en una casa colonial espectacular convertida en restaurante donde me recibieron un par de chicas que me preguntaron al verme
- ¿Vienes con Alejandro?
Que así se llamaba el mexicano
- No, bueno... me dijo que daba un concierto aquí a las siete
- Es que como te vi con la guitarra pensé que ibas a tocar con él
- No, no, no, sólo vengo a verlo
Entonces me preguntó que de dónde era y que si yo también tocaba. Le contesté que era de España y que tocaba un poco pero que estaba aprendiendo.En ese momento llegó Alejandro, que se alegro de verme.
Tomamos un té mientras Alejandro afinaba su guitarra con mi afinador, que no dudó en pedirme después de haberlo visto esa tarde.
Tocó y cantó un par de temas para las chicas, los cocineros y para mí, que éramos los únicos que estábamos en el restaurante a esa hora. Entonces me dijo.
-Manolo, saca la guitarra y nos preparamos algo ¿no?
-Esto.... yo....es que....
-Bueno, no quiero presionarte
me dijo viendo que se me cambiaba la cara
-De todas formas saca la guitarra y vamos a tocar algo
Volvimos a tocar "Entre dos aguas" de Paco de Lucía. Yo le hacía la base y él punteaba.
No quedaba mal. Al personal del restaurante le gustaba, especialmente a una de las chicas que era de madre española y alucinaba con el flamenco.
Pasaron los minutos mientras tocábamos y entonces Alejandro me preguntó que si sabía cantar algo. Le respodí que sí.
Pues toma, siéntate aquí y cántanos algo. Y como aquel día en el Room(Córdoba), que muchos recordareis, en el que Fredy empezó a corear Bombero, Bombero,.... y me vi obligado a armarme de valor y cantar por primera vez un tema en público, me senté en un taburete delante de las mesas y empezé a cantar.
Casualidades del destino, en ese momento empezó a entrar gente en el restaurante y claro, no iba a parar. Seguí cantando hasta terminar la canción. Recibí un sonoro aplauso, más que nada por parte del personal, pero también de la gente que no había terminado de sentarse.
-Sigue cantando por favor
Me dijo la dueña del restaurante, y yo, ambientado, seguí cantando mis temas hasta que se me acabaron y empecé con los de Mario (gracias Mario, siempre digo que son tuyos antes de cantarlos).
Estuve más o menos una hora tocando, acompañado por alejandro que no tuvo dificultades en seguirme y adornar mi rudimentaria forma de tocar. Entonces, y ante la falta de costumbre, tuve que parar,no estoy acostumbrado a tocar "a tope" tanto tiempo.
Muy bien, me dijo la dueña. No te preocupes por lo que estás tomando, ahora te vamos a preparar la cena y luego cantas otro poquito. ¿Vale?
No os podeis ni imaginar lo que sentí en ese momento, me había ganado la cena y las cervecitas tocando.
Yaaaaaaaaaahaaaaaaaaaa.........

Después de la cena canté otra vez pero esta vez para unas amigas de la dueña, que eran las únicas personas que quedaban en el restaurante. Les canté por bulerías a mi manera y mi Great Hit "De sueño, soñador", a petición popular, que está teniendo bastante aceptación.
Después de eso les dije que estaba cansado y que me iba a descansar.
- Muy bien Manuel, nos ha encantado. Muchas gracias y si quieres vuelve mañana
Esa noche me costó dormir de la emoción.
Os juro que aquel que hubiese visto de vuelta al hostel, habría pensado...¿Qué le pasa a ese tonto que va tan feliz?

Pues eso, que soy....( te machaco)
......y que esa noche fui feliz.

Muchas gracias y muchos besos a todos los que estais ahí.
Os quiero.

miércoles, 6 de febrero de 2008

CAPÍTULO 1 : CIUDAD DE MÉXICO


"Señores pasajeros del vuelo procedente de Madrid con escala en Frankfurt, sentimos comunicarles que sus equipajes no fueron facturados en este vuelo y que tienen a su disposición al personal de Lufthansa para aclarar cualquier duda"

-Hola buenas tardes, yo soy una de las tres personas que vienen desde Madrid.

-No se preocupe caballero, en dos días le enviamos su equipaje donde usted nos diga.

Así comenzaba mi aventura por tierras mexicanas después de 16 horas de vuelo, de las cuales 12 fueron en un asiento de turista ( no tengo que explicar más ), y junto a una niña de 14 meses que cuando no lloraba, chillaba de alegria o yo que sé, y que no me dejó dormir ni un solo minuto pero que acabó conquistándome de lo guapa y pequeña que era.
Después de rellenar los papeles para que pudieran mandarme el equipaje al hotel, y sin más compañia que mi guitarra, salía del aeropuerto y entraba en el verdadero México, porque los aeropuertos son como un estado aparte con muchas sucursales por todo el mundo.
No dudé en tomar un taxi que me llevaría al centro histórico de México D.F, que se presentaba como el sitio más natural para que un turista desinformado como yo pasara su primera noche en uno de los muchos hoteles y pensiones que rodean la plaza más conocida de México "El Zócalo".
Después de buscar un hotel que me ofreciera algo más que un colchón, en un cuarto con la cerradura de un armario, me alojé en un hotel no muy caro pero con baño y agua caliente, sufragado por la compañía aerea, que se preocupó de darme 500 pesos ( 40 euros) para pagar una noche de hotel y comprarme una muda de ropa. Dicho y hecho.
Es increible cómo los 22 grados centígrados que hacían a las 9 de la noche, se podían convertir en 2 o 3 a las 5 de la madrugada, y aunque hize la técnica del canelón (enrollarme en la sábana y la colcha ), hacía años que no pasaba tanto frio.Una mala noche.
A eso hay que sumarle lo del Jet Lag, que me hizo que a partir de las 4 de la mañana estuviera despierto como si fueran las diez o las once de la mañana y estuviera harto de dormir y aburrido en la cama.
A las 7 de la mañana estaba en la calle cansado de dormir y de pasar frio, tomándome un café con leche en la primera y única cafetería que vi abierta, y con un panorama de incertidumbre propio de un primer día, solo, en un país desconocido para mí. Había perdido la sonrisa.
Decidí dar un paseo por las calles del centro mientras los comercios abrían sus persianas y las calles se llenaban de coches, olores y ruidos. El monstruo despierta*
Me dirigí al Zócalo buscando los rayos de sol que aún no eran capaces de entrar en las calles, a ver si me podía calentar de la forma más primitiva que conozco, insisto, tenía frio y no tenía ropa que ponerme, lo tenía todo en mi mochila. Y mientras caminaba, vi en mitad de la plaza dos camiones de bomberos y a cuatro personas que charlaban (porque los bombero no hablan, charlan) entre sí. Me acerqué y les pregunté por el Parque de Bomberos más cercano después de decirles que era compañero de España. Uno de ellos se apresuro a preguntarme que si tenía alguna identificación que lo demostrase, y pensé, por fin me va a servir para algo mi carnet de bombero. Se lo enseñé, y no fue hasta ese momento cuando me saludaron efusivamente y empezaron a preguntarme lo típico que nos preguntamos los bomberos de diferentes lugares cuando nos encontramos.
Tres minutos después me dijeron "móntate en el camión que te llevamos a dar un raid". Y ahí estaba yo por mitad de México D.F. en un camión de bomberos como si fuese uno más de ellos. Enorme!!!. Al rato me llevaron al parque central para que conociese las instalaciones y a los compañeros de guardia, que me trataron como a uno más de la gran familia que somos los bomberos. Así me lo decían ellos "la familia tenemos que ayudarnos".
Me invitaron a desayunar con pan recien hecho en la panadería del parque de bomberos, me presentaron a todos los jefes y me enseñaron todo con una ilusión que ya la querríamos en España. No tardaron en decirme que fuese a por mis cosas y que durmiese allí, que era mi casa.
Realmente, aún estoy emocionado.
Despues de estar unas tres horas con ellos, les expliqué que en el aeropuerto tienen la dirección del hotel para llevarme la mochila y que no quería molestar, que se lo agradecía pero que prefería quedarme donde estaba.
Volví a casa caminando por los barrios y en el metro, en un hervidero de personas, olores y colores y esa tarde todo fue distinto, seguía sin mochila ni ropa,
pero ya no hacía frío...
...y había vuelto mi sonrisa.

Muchos besos a tod@s.

viernes, 25 de enero de 2008

PRESENTACIÓN E INTENCIONES


Hola a tod@s. Como ya sabréis la mayoría de vosotros, me voy a México el próximo 5 de febrero y voy a estar tres meses aproximadamente, y me gustaría mucho relatar a modo de crónica este viaje que se presenta bastante interesante. Para ello he contado con la inestimable ayuda de un buen amigo, Julio Tabares, que me dijo "siii tíooo hazte un blog.., no!!, mejor te lo hago yo" y bueno, aquí está este blog (que está más guapo que el de Buenafuente), creado después de muchas horas de curro, para que yo siga contando historias desde tan lejos y me sienta más cerca de las personas que me quieren y a las que quiero. Gracias Julio!!

Bueno, pues eso, que muchos besos a tod@s y que pondré mucho, mucho amor en cada palabra que escriba.

A partir del 5 de febrero en las mejores pantallas

Os quiere
Manolo (Bomber)